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La alucinante historia de Gregorio Cobos Burguillo.

mayo 8, 2009

Gregorio Cobos Burguillo nació en un pueblo de la provincia de Soria el 14 de Marzo de 1953. Llegó al mundo en una humilde cabaña de madera y clavos, era el noveno hijo de Jose María Cobos y Maria José Burguillo. Nació rodeado de cuatro hermanas y dos vacas lecheras, sus padres no pudieron acudir al parto al estar asistiendo como público a  un juicio de faltas en el Juzgado de lo Social número 1 de Cuenca. En la calle el sol brillaba y la luna resplandecía, varias decenas de soldados bailaban una jota y una bailarina se torcía un tobillo en la escala de Milán, fue su último baile, una pena.

 

 Gregorio no tuvo una infancia fácil, al ser el menor y mas moreno que el resto de sus hermanos se pasaba horas en el campo espantando a todos los pájaros, culebras, mariquitas, jabalíes, morsas, cobradores del Frac y demás fauna que se acercaba a la plantación de judías que poseía la familia Cobos. Nunca fue al colegio, todos sus hermanos iban a dar clase con el cura del pueblo de al lado, pero Gregorio Cobos pasaba el día en el campo y vistiéndose de látex, él mismo se hacía los vestido con una especie de bolsitas que encontraba todas las mañanas en la basura de su casa, la mayoría de las veces rellenas de un líquido blanquecino(…) En esa época fue cuando descubrió que el látex se descubrió el la primera mitad del siglo XIX gracias a un proceso de vulcanización del caucho, proceso que logró el señor Charles N. Goodyear con la ayuda de Hancock.

 

 Así creció, muy feliz en su mundo de látex y fantasía, se hizo amigo de todos los animales del campo, de los peces de colores de la charca del pueblo, del cartero e incluso de Pablo Neruda.

 

 En la adolescencia se dejó bigote y fue al cine a ver una gran película “Los chicos con las chicas”, protagonizada por Los Bravos, Tip y Coll, Laly Soldevilla, Manolo Gomez Bur, Maria Luisa Ponte y Rafaela Aparicio entre otros. Un año más tarde acude a ver cantar al gran “Raphael” actuar a la Plaza de Toros de Burgo de Osma y se enamora locamente del cantante Linarense, se compra todos sus discos y se cuelga encima de su cama un cartel gigante de la película  “Digan lo que digan”.

 

Raphael

Raphael

 Transcurren unos cuantos años, Gregorio Cobos sigue trabajando en su pueblo, recolecta el trigo, sexa pollos, ejerce de mamporrero con todos los toros de la comarca, los Sábados es el encargado de poner la música en la disco móvil del pueblo y en ocasiones recita de memoria poemas de Lord Byron. Así disfruta Gregorio de su plácida vida hasta que un fatídico 22 de Febrero de 1987 la señora María José Burguillo le comunica que en breve nuestro amigo Gregorio contraerá matrimonio con Miguela Jacobez, una joven manceba del pueblo de al lado cuyos padres y los de Gregorio llegaron al acuerdo de que se casarían cuando esta señorita alcanzara la mayoría de edad.

 

 Días después en la antigua iglesia de San Agustín el Señor Don Gregorio Cobos Burguillo y Doña Miguela Jacóbez se casan con el beneplácito del alcalde del pueblo y como testigos el primer teniente de Alcalde, el tercer escuadrón de paracaidistas de la división séptima del Ejercito del Aire, Antonio Peluquini Duque de Chantada, Martirio, un boquerón que acude al evento con un precioso tocado azul marino y el Señor Miyaghi, dueño del primer restaurante chino abierto en toda Castilla y León. Un evento magnífico, con una bella ceremonia y un sabroso menú a base de Cocido Maragato, callos y uvas moradas del río de postre; tuvo momentos memorables y algo que cambio de nuevo la vida de Gregorio Cobos, tras leer los votos nupciales en voz alta y que se produjese un descojone de dimensiones épicas, el cantante “Raphael” fue el encargado de cantar el tema con el que abría el primer baile de Gregorio y Miguela como marido y mujer.

 

 Tras la boda la noche nupcial, esa fue la última noche que la familia vio a Don Gregorio Cobos Burguillo, años después acudieron a “¿Quién sabe donde?”, pero esa… es otra historia.

 

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 Los nombres de la historia han sido inventados, todo parecido con la realidad es pura casualidad.